5 de noviembre de 2009




Era pequeña como un guisante amarillo y me miraba con sus ojos enormes y azules, me miraba porque yo era su referente y quería aprender todo de mi, quería que yo le ayudara a comprender un poco el mundo en el que ella entraba. Nació de repente, del vientre de mi madre, después de un año de sofá abombado y jamón escondido en los armarios; nació en un pisito que ella nunca recordará, y yo la miraba desde mis relativas alturas y no podía entender qué hacía ahí, quién la había traído a mi casa y a santo de qué. Me costó acostumbrarme a todo y ella seguía mirándome desde todas partes, con un amor que yo todavía no merecía, poco a poco preguntándome cosas e intentando ser parte de mi vida y de mis juegos. Yo no entendía la presencia de esa personita rubia helénica, con esa risa contagiosa y sus posteriores comentarios suspicaces. Me miraba hacia dentro , como envolviéndome en mi ombligo, y pensaba que yo no podía tener nada que ver con ese guisante amarillo. Si ahora pienso en ello la recuerdo en nuestra casita de techos de madera con un delantal rojo en miniatura metida toda la tarde en la cocina para preparar un pastel, la recuerdo con las comisuras de los labios llenas de chocolate y las manos llenas de harina, la recuerdo subiendo con un vestido nuevo a la tarima de los conciertos de navidad, temblando frente a su piano. Recuerdo también como dormía, con la boca abierta como respirando el mundo entero. Pinturas y camas elevadas, los zapatos de tacón y los disfraces de princesa, los poemas que aprendía en clase , sus miedos.
Mis 22 años han sido visionarios y preciosos, me siento mejor que nunca, y he descubierto que aquel guisante amarillo está conmigo, quizás más que nunca. Ahora sé que los juegos, las risas y los pasteles no han terminado y que mi hermana pronto será una mujer con la que poder compartir la vida que me espera. Quizás por eso hoy veo el cielo más azul y el camino mucho más llano.

27 de octubre de 2009



"Todo cambia, pero cambia a un paso tan lento 
que parece que no cambie."

Parménides

Nos interrogábamos tomando café, sentados el uno al lado del otro, en un bar de la esquina con humo y café a primera hora de la mañana. Queríamos hablar de la Grecia Clásica y debíamos, pero ella misma, inevitablemente, nos llevaba a nuestros paisajes más personales, a nuestros imaginarios más reales. ¿Cómo sino hablar de las musas? Sus experiencias les llevaban a las mismas conclusiones y ella sospechaba que todo aquello que tenía claro empezaría a ser borroso de un momento a otro. El tiempo, Chronos, hijo de Gea y Urano. El manto de la noche que cubre la tierra y fecunda el tiempo, la muerte, lo humano. ¿Cómo podía haber cambiado todo tanto? Nosotros seguíamos siendo los mismos y necesitábamos sentirnos Náyades o quizás Héroes Olímpicos. Las cosas eran tan importantes, por qué una taza de café y no otra, porque esta la tomé contigo; ahí recae la importancia de lo material, que es mucho y vale cuando lo comprendes. Nuestro mundo quería convertir el olor del papel en libros digitales y nosotros queríamos volver a Micenas y comprender los colores de los templos policromados. Queríamos ser humanos, hijos de Chronos, nietos de Gea. Pero nuestro mundo se aparecía en forma de televisor. En nuestra era, la del hierro, la de la destrucción, todo era cambiante, y de tan rápido como pasaban los días y las horas, no aprendíamos a conocer. 
Se interrogaban frente a la taza de café y soñaban con los mitos, aquella Era en la que todo cambia, pero a un paso tan lento que parece que no cambie.


21 de octubre de 2009



Por la noche llegué a casa con la nuca húmeda y el pelo metido como un ovillo dentro de un gorrito de lana. Entraba por la puerta con el frío de la calle y la mirada plácida, dejé la bolsa en la entrada y fui a tender el bañador y la toalla. Al abrir la ventana vi la ciudad más bonita del mundo, entonces la sentí de ese modo, y conté los tejados de las casas que veía desde la mía. Pensé que no estaba sola sino rodeada de otros muchos que abrían sus ventanas a la vez y mirando mi tejado pensaban que tenían suerte al vivir en la ciudad más bonita. La noche tiene ese encanto, el silencio y la pausa en los movimientos y de repente te preguntan de qué color ha sido tu día. Ha sido azul, respondo, y lo reduzco todo al momento en que medio desnuda me sumerjo con un salto decidido en el agua, y todo es azul. En ese momento todo es azul y avanzo sola, ese es mi lugar, el espacio que justifica andar todo el día de aquí para allá, hablando cuando no quiero y sonriendo forzada. Hay que sonreír y agradecerle todo a la vida, gracias por la comida y los zapatos, gracias por tener una cama limpia. Yo doy gracias por el azul. Cerré la ventana y dejé que se secara el bañador, mañana será otro día, azul.

19 de octubre de 2009


Cuando las manos huelen a madera vieja y el frío entra por las ventanas pienso en esta canción y recuerdo cuantas cosas han sucedido a lo largo de todos mis Octubres.

5 de octubre de 2009




Cuando era pequeña me resfriaba y pasaba mucho tiempo en cama, creo que era muy buena enferma pues me quejaba poco y a penas me movía de entre las sábanas. Era curioso, la enfermedad nos daba derecho a pasar el día en la cama de nuestros padres, llenar las mesillas de noche de kleenex, vasos de agua y jarabe y no tener más quehacer que entretenerse. Era sobretodo entonces, cuando enfermaba, que pasaba más tiempo con Tintín, Milou y el capitán Haddock. Hoy a las ocho de la mañana estaba en clase estornudando, con la nariz roja y los ojos llorosos cuando he pensado en mi héroe periodista de cómic infantil. Le he añorado mucho y he estado pensando en sus aventuras, en cual de ellas me gustaba más. Cuando ha terminado la clase el profesor se ha acercado a mí para decirme "cuídate" y según me volvía para agradecerle el detalle con una sonrisa me ha parecido ver al verdadero profesor Tornasol moviendo su péndulo.

28 de septiembre de 2009


Sostiene Pereira que Juan y Lara viajaron durante dos semanas y conquistaron la península ibérica entera y el sur de Francia. Pereira no lo vio pero estuvo con ellos, metido a ratos en la maleta naranja, el capazo con las toallas o el bolsito lleno de tabaco. En los viajes se descubren unas cosas y se olvidan otras, somos los mismos allá donde vamos y eso a veces nos enfurece, sostiene, a ella le enfurecía tropezar con las baldosas de la calle de una ciudad tan lejana. Como si fuera imposible cambiar, aun llegando tan lejos. A él le incomodaban otras cosas como el gentío, el ruido o el trajín constante. Ella no lo sabe pero sostiene Pereira que lo intuye o por lo menos cree intuir algo de lo que él pensaba. Mucho rato lo pasaron en el coche, un automóvil fiel y férreo, que aún así no soportó los clavos de la gasolinera de Sintra. Pasearon en silencio, charlando, riendo e interrogándose. Sostienen que a ratos lo pasaron muy bien, y otros estuvieron un poco perdidos, claro, es comprensible, tantos días y kilómetros pierden a cualquiera, pensó Pereira. Pensaron en muchas cosas distintas cada uno, cosas que el otro no supo y creyó imaginar. Comieron muchos platos riquísimos en muchas ciudades distintas y lo acompañaron todo con vinos y dulces. Cuando llegaban a una ciudad, sostiene, buscaban un buen lugar para comer, beber y una librería. En una librería de San Sebastián me encontró ella, sostiene Pereira, y decidió que les acompañaría en su viaje. Yo no era una buena edición, era solamente un librito de bolsillo color rojo, con una foto de Mastroianni sobre un fondo verde horrible en la portada. Aun así me llevó con ellos, y recorrimos otras muchas librerías en las que encontramos distintas versiones de mi mismo. Tienen un vago recuerdo del viaje y justo acaban de regresar, como aquel que se pregunta si de verdad fue eso la vida. En los últimos días del viaje ella me tomó con ganas entre sus manos y no me dejó hasta que no le conté toda la verdad, sostiene Pereira, leía pensó que cuando se está verdaderamente solo es el momento de medirse con el yo hegemónico (...) Y aunque pensó en todo ello no se sintió tranquilo, sintió en cambio una gran nostalgia, no sabría decir de qué, pero una gran nostalgia de una vida pasada y una vida futura.
Sostiene Pereira que Juan y Lara tienen pensamientos muy semejantes y ven la vida más o menos del mismo color, sostiene también que son muy sensibles, quizás demasiado, y que cuando ríen y disfrutan parecen inventores. Inventores de ciudades, sueños, libros, vinos y felicidad, sostiene Pereira.

24 de agosto de 2009



Viajábamos eufóricas en una coche viejo y pequeño, como una lata de sardinas musical; al coche le faltaba gasolina y le sobraba velocidad y melodía. Era verano y con las ventanillas a medio bajar sacábamos las manos, los brazos y las cabezas hacia afuera, preguntándonos si así, con el viento a favor, tendríamos más aspecto de pájaro. Conducíamos por carreteras desconocidas y en aquel momento no buscábamos nada, una buena canción o que nos invitaran a una copa a lo sumo, no era mucho pedir teniendo en cuenta que apenas rozábamos los veinte años y cada una andaba por la vida con un par de ojazos capaces de derrumbar a un batallón de soldados. Lo del mar y los pájaros lo compartíamos a medias, cada una a su manera, una más acuática y marítima, la otra más terrenal o sureña. Éramos pájaros con ruedas, eso sí, teniendo en cuenta que el tiempo y la vida entera era nuestra, y que para llegar a cualquier parte habría bastado con encontrar una gasolinera. Mientras Cloe conducía yo liaba cigarrillos para ambas, llenando la tapicería de tabaco de pipa y aroma de taberna, y seguíamos avanzando mientras hablábamos del futuro, esa especie de película en la que una imagina lo que será dentro de 5, 10 o 20 años, a saber, es siempre un juego tan arriesgado el futuro. Aún así la charla era despreocupada y feliz porque en aquel momento nadie nos obligaba a cumplir nuestras promesas, lo que dijéramos dentro de aquel coche nadie lo juzgaría.



1 de julio de 2009



But the film is a saddening bore

For she's lived it ten times or more.

Is there life on Mars?

Traje mi vida hasta aquí y anduve un largo rato caminando bajo el cielo llano, con los pies sobre la fresca hierba, húmeda, rodeada de mil flores y pétalos mezclados con el aire, y el sol brillaba alto y yo llevaba un bonito sombrero claro con un lazo alrededor, un lazo pintado con colores. Al rato encontré un árbol alto, enorme, que me hizo sentir tan diminuta e insignificante que por fin descansé y abandoné mis absurdos rompecabezas, y corrí alrededor de mi árbol y grité su nombre mil veces exactamente. ¡Árbol!. Él me aceptaba y me cubría, me abrazaba con su fuerte tronco y me mecía con sus ramas. Jugué con él hasta caer agotada sobre sus raíces que me acogieron también con gran estima, me quitaron el sombrero y me acariciaron el pelo con gran ternura, una ternura infinita. Fue entonces cuando del corazón robusto de mi árbol se abrió una puerta diminuta, o quizás una ventana, y brillando como lo harían todos los soles del mundo juntos, se iluminó una caja hecha con la misma madera oscura del árbol y con una inscripción en la cubierta donde se leía boîte à Lara. Acepté el regalo con gran emoción y tuve la caja entre mis manos un rato, observándola incrédula, leyendo una vez tras otra mi nombre, boîte à Lara; lo que fuera que escondiera la caja de madera me pertenecía, era para mi. La abrí animada por el árbol y encontré toda una vida fragmentada, olí el olor a mar seco en mis brazos después de largos días de playa, sentí de nuevo las caricias de mi abuela, los veranos cuando era niña en forma de postales amarillentas, el silencio del viento en Francia, la música del fuego en la chimenea, el mar, las hojas, mis primeros zapatos rojos, las flores que me regalaste, el monasterio de Sant Pere de Rodes como una visión desde el mar, mis libritos de poemas, nuestros primeros besos con sabor a vino, una caja de música y un soldadito de plomo, libros y papeles en blanco, la frontera con el mundo, la mermelada de arándanos, la mecedora de mimbre y los capazos llenos de flores, comida y porto. Las risas de mi hermana, los ojos chiquitines de mi abuelo, las cosquillas de mi madre cuando me secaba con el albornoz, las golondrinas que se posaban sobre mi ventana y todas las ventanas de mi vida, las que daban al mar, al cielo y a la montaña. Las sábanas blancas y frías de Portugal, las acuarelas diluidas con mucha agua, los trenes que recorrían el mundo de noche. Finalmente cerré la caja feliz, propietaria de todo aquello que se acumulaba ahora en mi memoria, y le ofrecí de nuevo mi caja al árbol que la aceptó y escondió entre sus raíces. Eché a correr contra el viento, sin mirar atrás, preguntándome si acaso había vida en Marte y descubriendo que todo eso lo pensaba desde la otra parte del mundo, la de los párpados cerrados.