11 de octubre de 2011


‹‹Ojalá estando ya muerto me cubra la tierra

antes que oiga tus gritos y contemple que a rastras te llevan››.

Así dijo y al niño tendió los brazos el noble Héctor,

más se dio el chiquillo la vuelta contra el seno del aya de cintura tan bella,

gritando asustado ante el aspecto del padre,

pues lo aterraban el bronce y el penacho de crin de caballo,

que terrible en la cimera del casco veía agitarse.




Llevo mucho tiempo sin escribir y tengo un buen motivo. Soy feliz. El otro día me preguntaron si ya nunca escribía, si había abandonado el blog, y me escuché a mi misma diciendo ‹‹Ahora me apetece preparar pasteles, leer poesía y novela del XIX, regar las flores, pasear... Estoy viviendo un momento muy feliz ›› Y es cierto, tenía razón. Yo no soy una escritora de raza, soy más bien perezosa, y la escritura llega en momentos de duda, de cambio. Escribo para preguntarme cosas, para plantearme dudas que son necesarias. Pero quizás ahora ha llegado el momento de escribir de nuevo, de otro modo tal vez, de un modo más directo. Escribir sobre cosas que me interesen, sobre lo que estoy leyendo o escuchando. ¿Qué os parece? Escribir para defender nuestra cultura helénica, defender el orgullo de la Europa del Sur. Escribir para reivindicar el altar de Pérgamo, y la Odisea, y la Ménade de Dresde. Y también nuestra picaresca, nuestro Lazarillo, las Novelas Ejemplares y La Regenta. Escribir para compartir todo y para defender la ética de Héctor, la valentía de Andrómaca y el futuro de su hijo Astianacte.




«Mujer, también a mí todo esto me inquieta, pero espantosa

vergüenza me dan los troyanos y troyanas de largos vestidos,

si me vieran, como cobarde, huir del combate.››

4 de junio de 2011



UN DIABLO MELODIOSO

"En los senderos grises del invierno
están las plantas del Jardín Botánico
donde canta un zorzal dulce y tiránico
que podría agravar cualquier infierno
con su canto mecánico"


16 de marzo de 2011




El museo del Louvre sigue en su sitio, igualito a como lo encontré a los catorce años, la primera vez que viajé sola a París. Esa ciudad que entonces me pareció de luz y mármol, por la que paseé libre. Es curioso que hasta hoy no hubiera recordado ese antiguo verano que empezó con un día de tormenta, visitando ese gran palacio que acoge los frutos de la historia del arte. Lo más grande fue la Victoria de Samotracia, que me condujo por pasillos infinitos llenos de esculturas griegas, esculturas que me parecían vivas, escuchaba como respiraban, parpadeaban, se movían. Eso fue lo primero, un flechazo, desde luego. Lo visité todo, sorbí poco a poco la pintura y la arquitectura para volver al final a esos mármoles calientes que ríen y mueven las manos. Siempre estuve allí, creo que no volví de ese viaje a Grecia. Los griegos siempre me dieron esa ternura que nos quita la ciudad, me llevan a paisajes que solo se ven des de la copa de un árbol y que lo valen todo. Esas impresiones infantiles, esas ganas de tocar los muslos de las venus, el cervatillo de Diana, la uva de Baco. Eso no se fue, volvió en las aulas de la universidad para admirar más, si cabe, esa civilización que es la mía, de corazón. Y me descubro ahora, después de muchos años de formación, siendo como quise ser, honesta con mi trabajo y mi vocación, dando importancia a lo que de verdad la tiene. Y admirando siempre, y por encima de todo, esa gracia armoniosa con que los griegos esculpieron pies, manos, bocas, cabellos. Esa evolución lenta, silenciosa, que fue modificando los rostros ideales en furia y drama. Ese pueblo que se mejoró a si mismo hasta un punto inalcanzable con el don de la humildad, la naturaleza, el dejar ser las cosas tal cual son.

Recuerdo perfectamente ese verano en que conocí todo eso y salí por primera vez del Louvre con esa sonrisa atontada. Llovía a cántaros y regresé a casa empapada y aterida de frío. Mi tía me preparó un baño caliente y me dijo que reposara un buen rato en el agua antes de ir a cenar, había agarrado un buen catarro. Me desnudé y me metí en el agua sonriendo, feliz, no pensé en nada importante, seguro, sentí nada más, que estaba en el camino correcto.





26 de febrero de 2011


Escribes sentado a la mesa bajita del comedor, a ras de suelo. Me resulta gracioso verte así, con tus largas piernas que casi llegan hasta mí, pareces un trapezoide, un pentágono, una compleja figura geométrica. Enfrente, la ventana, con un cielo gris y lluvioso, pero hoy no importa, porque leemos y escribimos y luego saldremos a pasear. Y que más da la lluvia y que no se cuele un mísero rayito de sol. Esta mañana cantábamos un rayo de sol oh oh oh y parece imposible que el cielo se abra de repente ¡tachán! y nos muestre lo que hay detrás de tanta nube espesa y cuajada. Parece absurdo que el clima nos pueda cambiar tanto, alguien me contó que existe una patología climática que vuelve locos a algunos. Todavía no he llegado a ese extremo, y además espero la primavera, y con ella las flores y los paseos por el campo, y la visita a Versailles y un montón de cosas que uno puede hacer cuando hace sol. Como pasear en bicicleta, hacer un pique-nique, leer en un banco de la calle, caminar durante horas por Montmartre. Todo llegará, y de momento ya has llegado tu, que ahora te rascas la barba con el semblante serio, a saber, estarás buscando las palabras para describir esta ciudad. Y es que la belleza mayúscula suele ser fría e inhóspita, aunque nos guste contemplarla, ¡que agradable es la hospitalaria imperfección! Cierra tu libreta, anda, que te llevo a dar un paseo.

10 de febrero de 2011


No me decido entre el uno y el otro, no, tan típico no, la catedral de Notre Dame ya la veo todos los días, y este es precioso, pero tan caro. Al final me llevo el de Modigliani, buena elección, me dice el muchacho. Dice que va a envolverlo. No, no! c'est pas un cadeau. Mais non, c'est pour toi. Ay, que bien, por fin alguien simpático, será porque he elegido su póster favorito. Mientras espero que lo envuelva me fijo en unos discos rebajados con el logotipo de Le Figaro, son discos de Jazz. Los cojo todos y forman una torre tremenda, casi se me cae, pero no, con cuidado voy viendo, a ver cual me llevo. Elijo dos y ya vuelve el muchacho, que me ve entretenida con la torre y se ríe a mi costa. ¿De donde debe ser? se pregunta, claro, como todos. Siempre la misma pregunta, ¿de donde eres? me dan ganas de decir algo increíble como que soy de la prehistoria o que vengo de un libro. Eso me gusta, soy de un libro. Já, pero no se lo digo, y es que el pobre muchacho todavía no me ha preguntado nada. Le digo que elija por mi uno de los dos cedés, me dice que elija el de Coleman y Hawckins y me pone una canción del disco para que esté segura de mi elección. Body and soul, perfecta. Sí, sí, me lo llevo. Pago con la tarjeta y en seguida viene la pregunta, no quiere ser indiscreto, dice, pero ¿de donde eres? de Barcelona. Ah, es una ciudad preciosa. Si el supiera cuanto echo de menos estos días Barcelona. Acabo de llegar, le cuento, y tengo la casa desangelada, con las paredes vacías y sin ningún cedé para escuchar. Así mejor, me voy feliz con mi bolsa de La mona lisait, ahora la calle me parece distinta, más acojedora, más mía tal vez. Llego a casa y cuelgo el póster, lo primero, pongo el cedé y me pongo a bailar como loca. Agito los brazos y doy saltitos, me encanta esta música. Tout va bien, mucho mejor ahora. Me falta algo, sin embargo, me faltas tú, sentado en el sofá con un libro, riéndote de mis bailes eufóricos. Y es que quizás lo que eche de menos no sea Barcelona.

5 de febrero de 2011


Voy a acostarme ya, pero un momento, un ratito más, déjame poner está canción. De repente he pensado en esta canción, y es que estoy contenta, y bailo encima de la moqueta con los pies desnudos y el pijama morado claro. Qué pijama tan suave, tan caliente. La canción dice dancing with myself , y claro, con quien voy a bailar, si aquí estoy solita con los tiestos vacíos y las plantas verdes. Llegué ayer después de un viaje en tren nocturno. Los raíles se estropearon en España y tuvimos que ir hasta la frontera en autocar, como en una excursión de cuando éramos niños. Me fastidió la espera porque tenía hambre y ganas de sentarme en el vagón restaurante y pedir una salade avec croustillons mientras leía el librito de Martín Gaite. La autora narra una noche en vela en la que va recordando helados de limón y calcetines cortos con la compañía del mismísimo diablo. Éste se aparece como un hombre galante interesado por todo aquello que cuenta. ¿No te aburro? -le pregunta Carmen. Sólo cuando callas-responde el diablo. Menudo piropo, oye, y en parte tiene razón Satanás porque la escritura de M.G es una pura verborrea agradabilísima de presenciar para el lector, uno se mete en la lectura y parece que sea ella misma la que nos habla y nos cuenta sus peripecias infantiles. Me gustaría echar a hablar como ella y recuperar todos los momentos que quedaron flotando como polvo y no terminan de caer. Quiero que caigan todos y se posen sobre los muebles de esta nueva habitación. Quiero verlos encima de las sábanas y dentro de los zapatos. Eso me hace pensar que cargué con mis pesadas maletas durante el tortuoso trayecto hasta mi nueva ciudad. Pesaban una barbaridad, y aunque no es excusa, cargaba con un tomo tremendo de Proust. He decidido leer a Proust y he comprado magdalenas beurré para desayunar mañana y mojarlas en el café. Lo mismo hace plof y flota un recuerdo.

25 de octubre de 2010



Los niños juegan
allí, al final
de tu paisaje.


15 de septiembre de 2010



Lo sé, debería estar contenta, todos deberíamos estarlo. Empieza una nueva etapa, dicen, una vida nueva llena de oportunidades, con todo por hacer y mil ilusiones y nuevos proyectos, viajes, amigos. Sabemos que somos afortunados porque éste era el momento y había que cerrar ya la puerta de ese extraño museo que nos atrapaba a todos. Nos atrapaba pero nos sentíamos bien allí, en familia. Y los días rodaban simétricos y se repetían y cada día buenos días, hasta mañana. Y cada día una sonrisa, no todas claro. Y cada tarde un café de charla corta con el sol en la nuca, sentados en las escaleras de piedra. La gente iba y venía y todos quedaban ya en nuestro recuerdo, en las salas, colgados como los cuadros en las paredes. Nadie olvidaba los momentos de silencio en su sala favorita, las locas charlas con las estatuas de Clarà, los detalles de un Vayreda o las sombras que dibujaban en las baldosas los hombres cactus de González. Eso ya no se olvida, queda para siempre, igual que quedáis vosotros, los compañeros, colgados también de la memoria. Recordaremos supongo la vez que superamos el récord de gente hablando en la barra metálica de Gótico cero, el día en que alguien se escondió detrás de una columna y el supervisor no lo vio, lo mucho que se movían los taburetes de las salas cuando uno intentaba echar una cabezada, lo bonita que entraba la luz desde la entrada de barroco. Lo recordaremos mezclado con las cosas que nos pasaron durante esos años en los que aunque parezca mentira salíamos también del museo porque nuestra vida estaba afuera, bajo la montaña de Montjuïch. 
Lo sé, no te enfades, tengo motivos de sobra para estar contenta. Pero déjame recordar un poco más, déjame recordar lo que dejé allá.