
Era bonito ver la luna desde la ventana, ese marco de madera con perfil de cortina ligeramente descorrida, como ausente. Esa ventana a la noche, que nos confirmaba que había algo más allá de los muros de la casa. Muros ahora más llenos de cuadros, fotografías y estantes color crema. Muros llenos de caras amigas, siluetas de zapato y galerías con plantas que crecen hasta el infinito, que quieren llegar al cuarto con nosotros, para ver la luna desde la ventana.
Fíjate, ahí está la luna, te dije. Te acurrucaste en mi pecho y me pediste que apagara la luz, que así la veríamos mejor. Entonces me acordé que ese día había leído un fragmento de Hem en que contaba que por la noche, después de cenar, se acostarían él y su mujer en la cama y harían el amor en la habitación a oscuras; después ella se dormiría plácidamente y él, todavía con ideas en mente, observaría la luz de la luna entrando por la ventana e iluminando el rostro de su mujer.
Hemingway contaba eso en su libro y en ese momento pensé que nosotros estábamos ahí, en esa habitación oscura que podría ser otra, y que tal vez ahora se deslizarían los pijamas bajo las sábanas y se rozarían también nuestros cuerpos, un pie y una oreja contra un ojo y una mano, enredada la melena sobre la almohada y unos besos torciendo el rostro, las barrigas juntitas y unos suspiros contenidos, las piernas revueltas y la manta cubriendo los hombros en tensión, ahora ya más relajados. Después el silencio y el cuerpo como flotando, cuerpos desnudos como nubes y todo el pelo revuelto y la media sonrisa y la piel tibia del después.
Según iba atrapándome el sueño caí en la cuenta que ahora dormiría plácidamente, con la luna reflejada en el rostro, y deseé que -aunque tu ya dormías- me miraras unos minutos antes de cerrar los ojos y buscaras en mis párpados el rostro de aquel momento. Aquel momento que viví con Hem cuando París todavía era una fiesta.

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