
Dice los seres felices y se pregunta si lo eran de verdad o el recuerdo ennoblece aquel momento. La pequeña si lo era, era un ser feliz con su cabecita rubia y su cuerpo ágil y menudo, era una nenita despreocupada en un mundo de adultos. Tampoco yo era mucho mayor pero todo lo que pueda recordar de esos años en Masnou es relativo. La casa sobre la cuesta de la iglesia de San Pedro, las campanas que sonaban claras, los perros escapando calle abajo presas del pánico en la noche de San Juan.
Lo que todavía veo con asombrosa claridad es la casa de paredes encaladas, la verja metálica de la entrada con sus cuatro escalones, el precioso jardín de bugambilla, ficus y dama de noche.
La gran puerta de madera se abría con una enorme llave de castillo medieval que tuvimos que cambiar, la segunda puerta era ya de cristal y daba al salón, con sus butacas de sabanas blancas en verano, para estar más fresquitos, y su diminuta ventana en la pared central. Una ventana de cortinas con puntillas, como de casa de muñecas. La cocina era el corazón del hogar, enorme y desordenado, allí nos reuníamos todos mientras mi madre cocinaba o preparaba el all-i-oli en su mano de mortero. Más adelante las escaleras, que conducían a la parte alta de la casa, con sus cuartos respectivos y sus ventanas que daban al mar. La librería en lo largo del pasillo y yo sentada en el suelo leyendo las leyendas de Becquer. Y dong, dong, las doce del medio día. Los perros ladrando y la pequeña cantando la canción de moda del 98. Lo mejor de la casa era el altillo, con su ventana que daba al cielo y lo que eso permitía. Salir a respirar de noche y subir por los tejados como un gato. En esos años en que las horas son una constante huída hacia adelante. Huye, huye, dong, dong, la una. Y las mariquiñas por toda la casa, en los manteles y las sabanas, en nuestras servilletas y en cada regalo que se hacían mis padres. Las rojas mariquiñas como memoria familiar sobre los muebles de esas casas en las que nunca vivimos, de esos abuelos que nunca tuvimos. Y los fados en las noches calurosas, y las notas de la guitarra, y la pequeña afinando ya cada melodía, improvisando siempre y reinventando la música. Y los amigos de la familia, siempre entrando y saliendo de la casa para cenar, comer y desayunar. Los amigos de aquí y de allá. La familia francesa que pronunciaba Masnú y adoraban nuestra tortilla de patata y sobre todo esa vida que teníamos frente al mar.
Aparece de nuevo una vieja fotografía en la que apenas se ve el jardín y la puerta de la casa y suenan fados y risas y huelo cenas del pasado. ¿Éramos nosotros ésos seres felices?

1 comentarios:
kepassa
vuelta a los textos... terminó el curso...
estás dins la city suant l'estiu....?
llums brillants aquests dies, llums de torradora, sols de morenor...
petonassssos amiga !!
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