15 de septiembre de 2010



Lo sé, debería estar contenta, todos deberíamos estarlo. Empieza una nueva etapa, dicen, una vida nueva llena de oportunidades, con todo por hacer y mil ilusiones y nuevos proyectos, viajes, amigos. Sabemos que somos afortunados porque éste era el momento y había que cerrar ya la puerta de ese extraño museo que nos atrapaba a todos. Nos atrapaba pero nos sentíamos bien allí, en familia. Y los días rodaban simétricos y se repetían y cada día buenos días, hasta mañana. Y cada día una sonrisa, no todas claro. Y cada tarde un café de charla corta con el sol en la nuca, sentados en las escaleras de piedra. La gente iba y venía y todos quedaban ya en nuestro recuerdo, en las salas, colgados como los cuadros en las paredes. Nadie olvidaba los momentos de silencio en su sala favorita, las locas charlas con las estatuas de Clarà, los detalles de un Vayreda o las sombras que dibujaban en las baldosas los hombres cactus de González. Eso ya no se olvida, queda para siempre, igual que quedáis vosotros, los compañeros, colgados también de la memoria. Recordaremos supongo la vez que superamos el récord de gente hablando en la barra metálica de Gótico cero, el día en que alguien se escondió detrás de una columna y el supervisor no lo vio, lo mucho que se movían los taburetes de las salas cuando uno intentaba echar una cabezada, lo bonita que entraba la luz desde la entrada de barroco. Lo recordaremos mezclado con las cosas que nos pasaron durante esos años en los que aunque parezca mentira salíamos también del museo porque nuestra vida estaba afuera, bajo la montaña de Montjuïch. 
Lo sé, no te enfades, tengo motivos de sobra para estar contenta. Pero déjame recordar un poco más, déjame recordar lo que dejé allá. 




2 comentarios:

baobab dijo...

molt bó Lara, molt bó...
con mucho corazoncito....
petonassssssoooooos

Rosa Marrero dijo...

QUÉ FOTO MÁS BONITA