
Voy a acostarme ya, pero un momento, un ratito más, déjame poner está canción. De repente he pensado en esta canción, y es que estoy contenta, y bailo encima de la moqueta con los pies desnudos y el pijama morado claro. Qué pijama tan suave, tan caliente. La canción dice dancing with myself , y claro, con quien voy a bailar, si aquí estoy solita con los tiestos vacíos y las plantas verdes. Llegué ayer después de un viaje en tren nocturno. Los raíles se estropearon en España y tuvimos que ir hasta la frontera en autocar, como en una excursión de cuando éramos niños. Me fastidió la espera porque tenía hambre y ganas de sentarme en el vagón restaurante y pedir una salade avec croustillons mientras leía el librito de Martín Gaite. La autora narra una noche en vela en la que va recordando helados de limón y calcetines cortos con la compañía del mismísimo diablo. Éste se aparece como un hombre galante interesado por todo aquello que cuenta. ¿No te aburro? -le pregunta Carmen. Sólo cuando callas-responde el diablo. Menudo piropo, oye, y en parte tiene razón Satanás porque la escritura de M.G es una pura verborrea agradabilísima de presenciar para el lector, uno se mete en la lectura y parece que sea ella misma la que nos habla y nos cuenta sus peripecias infantiles. Me gustaría echar a hablar como ella y recuperar todos los momentos que quedaron flotando como polvo y no terminan de caer. Quiero que caigan todos y se posen sobre los muebles de esta nueva habitación. Quiero verlos encima de las sábanas y dentro de los zapatos. Eso me hace pensar que cargué con mis pesadas maletas durante el tortuoso trayecto hasta mi nueva ciudad. Pesaban una barbaridad, y aunque no es excusa, cargaba con un tomo tremendo de Proust. He decidido leer a Proust y he comprado magdalenas beurré para desayunar mañana y mojarlas en el café. Lo mismo hace plof y flota un recuerdo.

2 comentarios:
Buen (re)inicio de cuaderno de bitácora y buena fotografia ilustrativa. Estamos impacientes por saber más de sus aventuras parisinas, señorita Oliveau.
Personalmente, guardo cierto rencor a Martin Gaite, como el olor de las almendras amargas al Doctor Juvenal Urbino, me recuerda el destino de los amores contrariados.
Los amores contrariados nunca se olvidan, Antonio! Martín Gaite es grande, enorme...
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