El museo del Louvre sigue en su sitio, igualito a como lo encontré a los catorce años, la primera vez que viajé sola a París. Esa ciudad que entonces me pareció de luz y mármol, por la que paseé libre. Es curioso que hasta hoy no hubiera recordado ese antiguo verano que empezó con un día de tormenta, visitando ese gran palacio que acoge los frutos de la historia del arte. Lo más grande fue la Victoria de Samotracia, que me condujo por pasillos infinitos llenos de esculturas griegas, esculturas que me parecían vivas, escuchaba como respiraban, parpadeaban, se movían. Eso fue lo primero, un flechazo, desde luego. Lo visité todo, sorbí poco a poco la pintura y la arquitectura para volver al final a esos mármoles calientes que ríen y mueven las manos. Siempre estuve allí, creo que no volví de ese viaje a Grecia. Los griegos siempre me dieron esa ternura que nos quita la ciudad, me llevan a paisajes que solo se ven des de la copa de un árbol y que lo valen todo. Esas impresiones infantiles, esas ganas de tocar los muslos de las venus, el cervatillo de Diana, la uva de Baco. Eso no se fue, volvió en las aulas de la universidad para admirar más, si cabe, esa civilización que es la mía, de corazón. Y me descubro ahora, después de muchos años de formación, siendo como quise ser, honesta con mi trabajo y mi vocación, dando importancia a lo que de verdad la tiene. Y admirando siempre, y por encima de todo, esa gracia armoniosa con que los griegos esculpieron pies, manos, bocas, cabellos. Esa evolución lenta, silenciosa, que fue modificando los rostros ideales en furia y drama. Ese pueblo que se mejoró a si mismo hasta un punto inalcanzable con el don de la humildad, la naturaleza, el dejar ser las cosas tal cual son.
Recuerdo perfectamente ese verano en que conocí todo eso y salí por primera vez del Louvre con esa sonrisa atontada. Llovía a cántaros y regresé a casa empapada y aterida de frío. Mi tía me preparó un baño caliente y me dijo que reposara un buen rato en el agua antes de ir a cenar, había agarrado un buen catarro. Me desnudé y me metí en el agua sonriendo, feliz, no pensé en nada importante, seguro, sentí nada más, que estaba en el camino correcto.

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